En 2025, los inversores globales buscan certidumbre en medio de la volatilidad política, el impacto persistente del endurecimiento monetario y la reconfiguración de las cadenas de suministro. La inversión extranjera directa mundial se mantiene bajo presión en términos generales, pero Europa muestra en esta ronda de ajustes una resiliencia que merece una lectura atenta: el número total de proyectos de IED cayó un 7 %, pero ese año aún se anunciaron más de 5.000 proyectos, que aportaron más de 200.000 nuevos puestos de trabajo a la economía europea.
No se trata de una simple contracción cíclica, sino de un cambio de rumbo estructural del capital. La dirección de los flujos adicionales de capital transnacional se está desplazando de las industrias tradicionales hacia ámbitos como la inteligencia artificial, la defensa y la energía baja en carbono, que ofrecen una mayor certidumbre política y un mayor potencial de crecimiento a largo plazo. Al mismo tiempo, están surgiendo nuevas zonas receptoras en el sur de Europa y en regiones de Europa central y oriental, donde los costes son más competitivos y los incentivos políticos más fuertes.
No es un «reflujo», sino un cambio de vía
En un contexto de creciente incertidumbre mundial, las empresas no han pulsado el botón de pausa, sino que están reeligiendo su campo de competición. La estructura de la atracción de inversión extranjera en Europa está experimentando un desplazamiento en dos direcciones: por un lado, la inversión en manufactura tradicional —representada por componentes de automoción, maquinaria convencional y química básica— tiende a debilitarse, debido tanto a la influencia de factores cíclicos en la demanda como a la revalorización de las carteras de activos en el contexto de la transición energética; por otro lado, los proyectos relacionados con la infraestructura de IA, la modernización de la defensa y las cadenas de suministro de energía limpia entran en una fase de rápida expansión.
La lógica de esta sustitución no es compleja. La elección del destino de inversión por parte de las multinacionales está pasando de una comparación estática de costes a una consideración dinámica del riesgo sistémico. La coherencia del marco normativo, la disponibilidad de infraestructuras tecnológicas y de datos, y la capacidad de coordinación de las cadenas de suministro locales están adquiriendo un carácter más decisivo que el simple bajo coste de producción. En Europa, la anticipación regulatoria en IA y la competencia por la capacidad de cómputo avanzan simultáneamente; en el ámbito de la defensa emerge una tendencia en la que la política de seguridad orienta la demanda de contratación; y en el plano de la política climática, el próximo mecanismo de ajuste de carbono en frontera se utiliza para reforzar el atractivo intrínseco de la inversión verde. Estos factores institucionales están inyectando una adherencia a largo plazo a la inversión extranjera en sectores específicos.
Reequilibrio geográfico: el sur de Europa y Europa central y oriental toman el relevo
Si nos limitamos a los grandes mercados de Europa occidental, se podría subestimar el impulso de esta ronda de distribución de la inversión extranjera. Durante el último año, los nuevos polos de crecimiento se están extendiendo hacia el sur, el centro y el este de Europa. Los países del sur de Europa, gracias a sus ventajas en el coste de las energías renovables, la ampliación del ecosistema laboral tras la recuperación turística y unos corredores logísticos relativamente completos, atraen inversión extranjera destinada a centros de datos y manufactura verde. Europa central y oriental, por su parte, cuenta con una base madura de cadenas de suministro del automóvil, una estructura estable de cualificación de la mano de obra y un entorno empresarial en mejora continua, lo que la convierte en el destino natural para acoger proyectos de nearshoring y friendshoring en la manufactura.
A nivel de la Unión Europea, las transferencias financieras canalizadas a través de los instrumentos de recuperación proporcionan respaldo de fondos para las infraestructuras públicas y el desarrollo del capital humano de estas regiones, amplificando así sus ventajas de localización. Desde la perspectiva del conjunto europeo, este reequilibrio geográfico mejora la capacidad de la estructura de inversión para resistir riesgos: si un país concreto experimenta una perturbación de costes o de políticas, Europa todavía dispone de alternativas de sustitución relativamente abundantes dentro de su territorio, lo que, en cambio, refuerza la confianza de las multinacionales a la hora de configurar sus decisiones con Europa como un mercado integrado.## La ventana entre la confianza y la realidad
Para los inversores a corto y medio plazo, el ritmo sigue siendo prudente. La prolongación de los plazos de aprobación de proyectos, los precios de la energía y las fricciones regulatorias siguen limitando la magnitud del gasto de capital. Pero la señal más indicativa proviene de las expectativas a largo plazo: en esta encuesta que cubre a 500 ejecutivos de empresas multinacionales, alrededor del 60 % de los empresarios espera que el atractivo de inversión de Europa aumente en los próximos tres años. Esta proporción muestra que, incluso en un período de vientos en contra, la base de activos de Europa sigue siendo vista como un depósito de valor capaz de atravesar los ciclos.
Pero, al mismo tiempo, Europa se encuentra también en un período de ventana entre la confianza y la realidad. Si no se resuelven las desventajas estructurales de costos, la falta de profundidad de los mercados de capitales y las brechas de inversión en algunas áreas de infraestructura, el atractivo a largo plazo podría verse erosionado por las fricciones a corto plazo. El capital internacional tiende a fluir hacia regiones que no solo tienen un gran mercado, sino que también pueden materializar rápidamente los beneficios de las políticas. Que Europa pueda convertir estas expectativas positivas en proyectos de inversión reales dependerá de la coherencia de los Estados miembros y de las instituciones de la UE en las políticas de energía, industria, tecnología, defensa y comercio.
La siguiente fase de crecimiento: ¿cómo pasar de la resiliencia a la expansión?
El futuro de la IED en Europa no pasa por regresar al viejo modelo de crecimiento, sino por lograr liberar aún más el potencial de los sectores emergentes de alta tecnología y el potencial regional. El marco de análisis de EY también plantea un desafío clave: Europa debe movilizar inversiones adicionales a gran escala para elevar la productividad y la competitividad. Esto significa que, desde la perspectiva de las políticas de inversión extranjera, Europa necesita establecer una frontera más comunicable entre la apertura y la seguridad económica, reduciendo la incertidumbre del cumplimiento normativo mientras mantiene el atractivo del mercado.
Desde la perspectiva del capital global, lo que Europa refleja no es una simple capacidad de resistir la recesión, sino una reconstrucción activa de la competitividad. En los próximos tres años, la economía que pueda ofrecer una ruta de retorno más predecible para la IA, la seguridad y la transición energética será la que obtenga una cuota extraordinaria en la reasignación del capital global. Y Europa está intentando escribir su propia respuesta con una lógica impulsada por el doble motor de la industria y las regiones.